En ese ambiente, por un tiempo, Maimónides llegó a la conclusión de que, antes de hablar en público, hay que meditar tres o cuatro veces lo que se ha de decir. Y, al ponerlo por escrito, el texto ha de repasarse millares de veces antes de darlo a la luz. Ello condujo a un silencio de años de aquel maestro de maestros, que nos regaló una obra inmortal tan contemporánea como su ‘Guía para perplejos’.
Hoy en día, muchos son quienes sufren en sus vidas y en su libertad la imposición estrecha del discurso dominante; precisamente en países que forman parte de la sociedad de los derechos humanos y la democracia liberal. Algunos de los mejores en cualquier campo profesional son destrozados hoy por la turba que lo tiene todo claro y que, por anónima, carece de sentido de responsabilidad sobre lo que hace; porque en la masa no hay verdad. Creo que en gran medida esa angustia define la realidad actual en la cultura, en la política, en el desempeño profesional.
Ese sufrimiento siempre afecta más a los mejores, en el siglo XII y en el XXI. A día de hoy, también pensar es el mal. Y, como en aquel Fez medieval, los mejores aguardan en silencio, trabajando, preparando su voz para un tiempo de gracia en el que se les exija que den razón de sí mismos y que expliquen a un mundo agotado y perplejo la relación que existe entre la propia vida y la verdad.
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]]>La búsqueda
El fluir de la arena entre las ampolletas de un reloj puede llegar a ejercer un efecto sobre el alma que va más allá de lo hipnótico, pues, más que adormecer, fascina. El reloj de arena es un artefacto esencial, telúrico, de la medida del tiempo. El sonido casi iridiscente de la arena al caer posee propiedades polisémicas encerradas en una paradoja, pues podría parecer que adormece cuando, en realidad, despierta la capacidad de ensoñación. Acerca, a quien contempla ese hilo de tiempo que cae, a la frontera de las visiones, justo al borde del horizonte de una realidad que todavía no se ve, pero se intuye.
Un reloj de arena no es un instrumento de sedación, sino una invitación a despertar. Jünger lo sabía y por eso escribió un tratado fundamental sobre estos verdaderos vasos de horas, receptáculos del tiempo. Porque, para Jünger, el tiempo que cae de una ampolleta a otra no desaparece, tan solo se desvanece.
Mirar a un reloj de arena y escuchar el sonido de los gránulos que caen implica asumir un desafío: qué hacer con el tiempo que nos ha sido dado, como escribió una vez Tolkien. Ésa es la pregunta fundamental, que se mueve entre la doma de la angustia de la conciencia de la finitud de las cosas y la tensión hacia lo que hay más allá, que cuaja en el deseo profundo de hacer cosas que tengan sentido. Ésa es la búsqueda fundacional: el sentido. Ésa es la voz, a veces un gemido, a veces un grito, que todos hemos oído alguna vez en el fondo del pozo de una vida a veces superficial, a veces pesada, siempre incompleta, que intenta imponer una tiranía ante la que nuestro sentido de la libertad se rebela: necesitamos sabernos libres tanto como respirar. La búsqueda del sentido es, en realidad, una búsqueda de la libertad.
La rebelión
Rastrear el mundo buscando fuentes de sentido que alimenten la conciencia de libertad es un acto de rebelión. Alzarse contra la pesadez propia y la del entorno con gesto retador. Por eso, toda búsqueda fundamental supone afirmar los pies sobre el suelo y otear el paisaje. Casi siempre, sin saber a dónde dirigir la mirada. Porque la mirada ya está gastada. Hemos descubierto que todo un universo de realidades que se nos presentaban como algo que valía la pena, en realidad ya no vale nada: a fuerza de miles de pequeñas cesiones cotidianas, de defectos morales congénitos o adquiridos, nuestra conciencia radical de las cosas, vale decir, el yacimiento último de la verdad, consiste en ser conscientes de que todo el mundo miente y de que, precisamente por eso, ya nadie engaña a nadie.
Aquí, justo en este punto, surge un primer problema práctico: con qué materiales construir aunque solo sea un refugio precario contra la intemperie, puesto que lo que era sólido ya no lo es (Muñoz Molina), la modernidad es líquida (Bauman) y la única actitud honrada posible ante las cosas es la perplejidad (Innerarity).
La primera reacción, el primum primi previo a toda decisión moral es, afortunadamente, sucumbir al magnetismo de una pasión más fuerte que uno mismo: la necesidad de hallarse entre semejantes. Vale decir: el primer refugio es el abrazo.
Eso significa que la fraternidad es el origen de toda verdadera deliberación entre iguales. Y que ese alzarse frente al mundo, ese se-révolter necesario (Sartre) que es paradójicamente el primer acto de libertad consciente, es en realidad una rebelión que se alimenta de lo afectivo, del lazo de la semejanza; que a su vez es la trabazón del refugio urgente que protege de la precariedad de la vida.
La comunidad
El único trabajo posible en un planeta devastado es hacerse compañía. Y eso significa, como bien sabía Rilke, hacer coincidir el don y la tarea. En términos prácticos, eso implica que la fraternidad se construye con las cualidades y las habilidades de cada persona que, en su deambular a la búsqueda de la libertad, se ha encontrado con otros nómadas y ha decidido llamarlos semejantes. A estas alturas de la orfandad de nuestra cultura, llamar algo a alguien, es decir, dotar de identidad a la realidad, es remitirse a la primera mañana del mundo (Péguy), hacer lo que hizo Adán: nombrar la vida, dar nombre a las cosas.
Desde que sabemos que las historias curan (Bettelheim), portar un nombre es poseer una identidad, para sí y para los demás. Por eso, ese primer vistazo a nuestro alrededor para ver qué hay por ahí impacta gozosamente contra la conciencia de lo que a la vez es indisociablemente importante y compartido: la realidad nombrada. Y a las chispas de ese choque las llamamos creación.
La creación es un proceso individual (Steinbeck), pero nunca solitario. Pues siempre se crea hacia los demás. Esto es, hoy, sin un relato al que acogernos que nos explique satisfactoriamente qué está pasando, somos rescatadores de nosotros mismos, como aquel barón de Münchhausen que salió del cenagal en que había caído tirando hacia arriba de sus propios cabellos: la fraternidad es fuente de innovación. Lo que conduce a otra interesante conclusión: si la única posible relación de valor con el mundo se basa en la semejanza, que a su vez se construye con las cualidades y habilidades de quienes participan del lazo de la fraternidad, y el resultado de ello es una creación nueva a la que llamamos innovación, entonces, esa innovación tiene algo de salvífico, de sanador. Es más: la creatividad, ese dar a la luz algo nuevo, es salvación.
Es decir, la semejanza es el crisol de la creación, que se aquilata y se perfecciona en un compartir al que llamamos deliberación; y esa creación solo es posible mostrarla al mundo a través de la primera persona del plural: nosotros. Eso es la comunidad.
La fuente
La comunidad es, pues, el origen de la innovación. Es precisamente en ese sentido en el que, por esa razón, toda innovación, in nuce, es social. Cuesta caer en la cuenta de ello porque nuestra hoja de ruta para andar por el mundo es la banalidad, el programa de mano de la sociedad del espectáculo (Debord).
Como todo ha sido ya contado, la saturación nos ha convertido en prisioneros del metarrelato y somos incapaces de leer la originalidad, puesto que las herramientas que un día nos ayudaron a interpretar la cultura, nuestras gafas de lectura, se han incrustado en nosotros, son ya una prótesis (Baudrillard) interpuesta entre nosotros y el mundo, de la que no nos podemos librar y que nos ha borrado la mirada.
Dos engaños impiden ver con claridad que la comunidad es la fuente de toda innovación y que, por ello, toda innovación verdadera es social. El primero es la extirpación de una parte del contenido del sustantivo; el segundo, el vaciamiento de su adjetivación.
No somos capaces de identificar en la comunidad la fuente de la innovación porque nos hemos dejado robar una parte importante de la misma: la innovación tecnológica. Lo que tenga que ver con máquinas es innovador; lo que no, es salvaje, primitivo, poco (o demasiado, Nietzsche) humano, se podría decir. Hay que irse a la ciencia ficción para entender esto: Frank Herbert abrió con especial genialidad ese portal con Dune y la saga continuadora de su novela cartografió esos territorios. Es la vieja herida de las dos culturas (Snow) y el abismo artificial abierto entre las ciencias y las humanidades: el sustantivo de la innovación ha sido mutilado, puesto que solo la tecnología sería innovación.
No relacionamos fácilmente lo social con la innovación porque hemos vaciado el adjetivo, aun sustantivándolo, de su proactividad: lo social ha acabado entendiéndose como un elemento de descripción, no de transformación de la realidad, vaciándose de su significado original y ocupando el vacío del significante con buenas intenciones y cierta querencia a lo benefactor, remitiéndose al universo de lo graciable, de lo pasivo, no de los derechos conquistados, abriendo la puerta a demasiadas patologías asistencialistas. En suma, hoy, lo social ya no remite al vínculo, sino a la beneficencia. Por eso ya no entendemos bien qué querían decir los romanos cuando hablaban de guerras sociales (Mommsen), máxime cuando, para mayor cuita de nuestra postmodernidad, el mismo concepto de clase al que condujo una interpretación marxista de la cuestión se nos desvanece y su lugar lo ocupan los deciles (Piketty). Pero lo social remite, efectivamente, al socio, a la asociación entre iguales; y a un tipo concreto de asociación y de socios, aquellos cuyo lazo compartido es la fraternidad originada en la semejanza, es la comunidad.
Por eso, efectivamente, toda innovación es social, ya que, bien sea tecnológica, jurídica, ética, política o artística, nace de una misma fuente: la comunidad.
El viaje
La innovación de una comunidad no depende fundamentalmente de la genialidad de algunos de sus integrantes, sino de la inteligencia de su sistema de funcionamiento (Luhmann), que facilita la continuidad del proyecto por encima de los liderazgos individuales y reduce hasta lo manejable los riesgos de liquidación que suelen presentar los algoritmos binarios basados en votaciones, con victorias y derrotas, no en la conversación. Votar sirve para la toma de decisiones simples y de coyuntura. Para los problemas complejos y el largo plazo, es imprescindible la decisión a través de la deliberación.
Esa deliberación solo es verdadera si se da entre iguales. Para ello, la conciencia de semejanza compartida, la fraternidad (lo emocional) requiere de la igualdad en la calidad y la cantidad del conocimiento (lo racional) entre quienes participan en ese contexto dado. Ello implica la puesta en marcha de un proceso, verdadero catalizador de la innovación, que empieza con la transferencia de información, que genera conocimiento, que a su vez activa la conciencia crítica y que finalmente despierta la capacidad y la voluntad de intervención en la realidad.
A la evaluación (siempre a través de la deliberación) de los resultados de esa intervención en lo real desde una nueva práctica o una idea innovadora la llamamos resiliencia, que además es la garantía de que la verdadera propietaria de la innovación, una innovación escrita por definición en código abierto, va a ser siempre la comunidad.
Ilustración: diagrama de sistema inteligente de innovación social, elaboración propia.
]]>Por mi parte, las pocas referencias que me permiten hoy intentar poner nombre a lo que nos pasa las encuentro en la ciencia ficción: a estas alturas del confinamiento, mejor La radio de Darwin que la ducha escocesa de infodemia que padecemos.
El razonamiento de la amnesia buscada impugna la tesis del salto evolutivo, del meteorito regulador de la vida que acaba con los dinosaurios y lo reorganiza todo de nuevo. Si la estrategia de supervivencia de los humanos es seguir adelante tras la catástrofe como si nada hubiera pasado, estaríamos ante el triunfo del gradualismo: los cambios, también los cambios sociales, se producen poco a poco y las catástrofes sólo influyen en la memoria, como información útil para decidir, a largo plazo. Quizá eso explique que las vacas sagradas del articulismo se estén acordando estos días más de la Peste Negra del siglo XIV que del sida de hace cuarenta años.
Porque sólo desde la perspectiva del tiempo largo sabemos que después de la peste de 1348 viene el Renacimiento. Sin esa luz, lo que se ve por delante se parece más a Mad Max.
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]]>Da cierto miedo ese concepto de disciplina social, formalmente autoimpuesta, aunque con el empujoncito de la declaración del estado de alarma: porque ayuda a entender las razones de la sumisión de los individuos en los contextos de anulación de la libertad, llámense como se llamen esos contextos. El profesor Castells, lo sé porque le he leído, tendría mucho que aportar a esa complejísima toma de decisiones como miembro del Consejo de Ministros. Ojalá se le escuche, al menos con la misma atención con que se están escuchando otras voces.
Porque la primera lección que estamos aprendiendo mientras nos quedamos en casa, que es lo que hay que hacer llegados a este punto, es recordarnos a nosotros mismos (aunque parezca una boutade en esa isla de civilidad que queremos que sea Europa) que es posible verse con algunas libertades seriamente mermadas de la noche a la mañana bajo la invocación de razones superiores.
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]]>A día de hoy, la extracción, preparación, visualización y análisis de datos es un trabajo duro, más propio de mineros que de orfebres. Los productos acabados de esta suerte de técnicas de impresión en 3D de la realidad no se pueden definir como filigranas. Aunque, como ya ha ocurrido con muchos otros territorios de la Red, el filibusterismo que vende quincalla como si fuera oro a los incautos empieza a ser un fenómeno frecuente.
Las tareas de minería poseen poco glamour. Pero tienen su recompensa: la satisfacción honrada de saber que, lo que se sabe, se sabe. Contra viento, marea, censuras y autocensuras. Esa conciencia de tener en la mano un trozo informe de realidad, arrancado con esfuerzo a las entrañas del mundo, y hacer de él un objeto quizá tosco pero coherente, es una cualidad conquistada que permite afirmar los pies con seguridad sobre casi cualquier superficie, por muy inestable que sea.
La imagen de arriba, que ilustra este post, habla de todo eso y quizá sea un ejemplo útil para entender mejor este viaje de ida y vuelta entre el cosmos (nuestra visión ordenada del mundo) y el universo (lo que hay en el mundo independientemente de la visión que tengamos del mismo). Esa figura estrellada, compuesta por nodos y aristas de varios colores, explica cómo es la estructura profunda de la conectografía del comercio mundial de vacunas. Se trata de un grafo (a efectos de este post, mudo, por ahora) que describe las transacciones comerciales y su cuantía entre las empresas fabricantes de vacunas y las diferentes regiones de la OMS.
El análisis de datos identifica varios clusters, indetectables a simple vista pero reales, que desvelan la existencia de varias redes de intereses compartidos y señala el papel central en toda la estructura de tránsito internacional de las vacunas de uso humano de determinadas empresas farmacéuticas. El grafo forma parte del proyecto The Silk Road of Vaccines.
]]>Sin funcionarios no hubieran sido posibles los avances en la legislación laboral británica ni el sistema de protección social alemán. Sin intelectuales, no hubieran pervivido los partidos políticos, esencialmente desconectados de las masas ab origine y coyunturalmente ligados a ellas a través de la épica, la mística y la lírica (el relato, se diría hoy) elaboradas por este colectivo integrado fundamentalmente por el sobrenadante resentido de profesiones académicas y condenado a la parasitación del conflicto para subsistir.
Los funcionarios necesitan al Estado tanto como éste requiere de ellos para su propia existencia. Los intelectuales necesitan al partido tanto como éste necesita explicarse internamente y ser explicado ante la interpelación exterior.
Pero eso era en el siglo XX. La resaca de la Gran Crisis de comienzos del XXI está dejando al descubierto las fallas de legitimidad social del sistema (bulimia funcionarial) y la pérdida de sentido de la joint venture político-mediática (un negocio descoyuntado). La internacionalización económica y el ecosistema digital no hacen sino agigantar esas realidades y dejar a esa nueva entidad antropológica denominada individualismo colectivo sin ministros del culto social, de tal manera que las organizaciones que un día vertebraron el Estado del Bienestar (instituciones, empresas, comunidades) se ven hoy abocadas a una encrucijada (impugnación o reforma) que deben afrontar en soledad.
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]]>Los escasos tuits en los que, en el pórtico de la campaña, se menciona a la sanidad agrupados en el hashtag #2D, dejan entrever un panorama interesante, que aporta valor a la información de partida: dan pistas sobre quiénes y cómo se están moviendo en el territorio para influir en la toma de conciencia de los votantes ante una determinada opción.
La idea es vincular los tuits al territorio sobre un mapa de Google e ir actualizando la cartografía con el paso de las jornadas de campaña.
Este mapeo es un proyecto abierto: la url del mapa está accesible a cualquiera y, asimismo, cualquiera puede participar en su enriquecimiento: solo hay que localizar en el mapa la ubicación del evento sobre el que se tuitea o la del autor del tuit; vincular la foto del tuit al punto geolocalizado del mapa; insertar la url del tuit; e identificar esa geolocalización con el nombre del autor del tuit. El posicionamiento de cada tuit se identifica adjudicando al localizador el color normalmente asociado a cada uno de los partidos que concurren en estos comicios. Quizá parezca difícil para quienes no estén familiarizados con Google Maps, pero solo lo parece.
Sobre todo, es una oportunidad para generar conocimiento compartido sin violentar el sentido de militancia, o de no militancia, de nadie.
Abajo lleváis el mapa embedido, listo para su consulta.
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]]>Aprovechando la ocasión de pensar en este asunto que me ha brindado la invitación de los organizadores del IX Simposio de la Asociación Española de Vacunología a participar en este evento, me he entretenido en elaborar una matriz binaria definida por el carácter importador o exportador de vacunas de las relaciones establecidas entre 205 estados soberanos y otras entidades territoriales de soberanía incompleta pero plena capacidad de decisión económica. Eso son en concreto 42.025 registros. He consultado para ello los datos más recientes (2016) del Observatorio de Complejidad Económica del MIT que explican quién exporta y quién importa vacunas. He sometido la matriz a un proceso ARS que da como resultado una red de 205 nodos que han establecido entre sí 2.064 relaciones. El resultado gráfico de ese trabajo ilustra este post.
El panorama que se presenta a una primera mirada sobre esta conectografía de las vacunas (se puede profundizar muchísimo más) está definido por un grupo central de países y territorios que es básicamente receptor de vacunas, aunque ello no implique una renuncia a la actividad exportadora, por interés propio o del exportador original. Ese grupo de nodos está marcado en rojo. A su alrededor, una docena de redes (cada una con su color diferenciado) integradas por países con capacidad de influencia en la distribución mundial de vacunas, en función de a quién exportan, dónde llega lo que exportan finalmente y de quién importan. En todos los casos, el tamaño de la etiqueta de cada nodo es proporcional al tamaño del mismo; ello está indicando la centralidad de intermediación de un nodo dado, esto es, su capacidad para poner en contacto a otros nodos entre sí, de su propia comunidad o de otras.
Las relaciones que muestra el grafo son a veces tan tupidas que seguir la ruta de las vacunas sobre el terreno debe ser todo un desafío de trazabilidad: qué hace Bielorrusia exportando a los Países Bajos o Argelia a República Dominicana. Cómo es posible que España sea una estación de paso relevante en estas nuevas rutas de la seda y que, sin embargo, sufra a veces episodios de desabastecimiento de las vacunas que este mismo país exporta a otro, curiosamente el mismo adonde los españoles viajan después para adquirir ese producto que falta. Todo eso describe un contexto, un mundo, que no sale en los telediarios, donde es más importante el intercambio que la afinidad. O, mejor dicho: la afinidad es el intercambio.
Ese grafo plantea muchas preguntas. Por ejemplo: ¿En qué red me debo integrar si quiero optar a que una determinada vacuna llegue a un destino concreto? ¿Qué hay que hacer para conseguirlo? ¿Cómo competir por un mercado al que no tengo acceso directo? ¿Cómo resolver el drama de una emergencia humanitaria de un país que necesita vacunas pero nadie de entre sus vecinos quiere llevarlas allí? Ésas son preguntas a las que la conectografía puede ayudar a responder.
Se acabó el tiempo de las decisiones basadas en una geografía de dibujo a escuadra y cartabón. Bienvenidos al mundo de las respuestas complejas. Bienvenidos a la conectografía vacunal.
]]>La gestión responsable ya no es suficiente para tener prestigio, que es el reconocimiento libremente otorgado por quienes se relacionan con una determinada organización y que cristaliza en la legitimidad de ejercicio. Ahora, la honorabilidad hay que demostrarla.
Quizá sea Javier Gomá quien más extensamente ha desarrollado en español la idea de ejemplaridad. Gomá es un tipo que gusta a las señoras, está bien visto en general por la gente de orden y representa una especie de revival del pensamiento fuerte, de la metafísica tradicional que muchos dan por liquidada.
Dejando aparte algunas de las querencias de Gomá por las esencias de una metafísica que en muchas de sus dimensiones es más digna de veneración que de crédito, me gusta la manera con la que viste de largo la idea de la ejemplaridad para su presentación ante la descreída sociedad contemporánea: dado que el concepto, irrenunciable, de la democracia, se fundamenta en la igualdad radical de los individuos, es inevitable el florecimiento de la vulgaridad, el lastre de la tendencia a la nivelación por abajo. Es aquello que Richard Gere, en clave neobudista, decía hace algunos años: el mundo actual ha perdido la elegancia.
Si, en una sociedad donde hasta la ortografía es violencia, la cuestión de la vulgaridad no puede resolverse mediante la coerción, solo queda el camino de la búsqueda personal de la excelencia como alternativa a la mediocridad invasiva. Esa excelencia, esa excepcionalidad ética, cuando se muestra al mundo, es la ejemplaridad. Que se comparte, se extiende, mediante la comunicación del propio ser ejemplar. Y eso, termina diciendo Gomá, es la política, el ágora, la exposición a la luz del día de lo que uno hace, demostrando con las obras la propia honorabilidad.
Eso, al parecer, es la gestión ejemplar. Y echarla en falta no es una razón para dejarla de buscar.
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