Hubo un momento, en lo más devastador de la crisis, allá por 2012, en el que las instituciones españolas empezaron a sentir en el cogote el aliento helado de la desafección. Sintieron miedo al ver cómo muchas de las personas y organizaciones de la sociedad civil con las que se venían relacionando durante décadas, de repente, les daban la espalda y se iban a los escenarios recién abiertos por la denominada nueva política. Y las más inteligentes de esas instituciones (entre ellas las del sector sanitario) se sintieron interpeladas por una disyuntiva: bunkerización o apertura. Se pusieron de moda la participación ciudadana, la transparencia y el gobierno abierto. Algunas de esas instituciones optaron por encastrarse y negar que los epifenómenos que las erosionaban eran expresión de un cambio cultural muy potente y muy profundo, a la espera de que pasase la tormenta. Otras optaron por salir tímidamente de su zona de confort y exponerse a la intemperie, en un gesto de valor que todavía las honra; pero la mesocracia de esas instituciones se encargó de liquidar la glásnost impulsada desde arriba, porque los sistemas poseen una sabiduría perversa y saben que la participación es una transferencia de poder. Y nadie cede el poder de buena gana. Finalmente, hubo instituciones que adoptaron una posición lampedusiana: abrirse a una participación controlada y selectiva, sin ceder el control de las riendas de los procesos, renegando del viejo despotismo ilustrado pero sin renunciar ni a un metro de su perímetro de seguridad.
Hoy, la nueva política empieza a hacerse mayor, recorre ese camino que va del movimiento a la institución tan magistralmente descrito por Alberoni, y los entornos tradicionales de poder respiran con alivio: los chicos malos vuelven al redil. Sin embargo, esa calma es ficticia. El proceso de cambio cultural continúa: porque las inercias que lo impulsan tienen su origen en algún momento muy anterior a la crisis que nos ha desarbolado; es más, esa crisis es posible que sea una expresión de ese cambio cultural. Vale decir: las formas de participación ciudadana, también en salud, impulsadas en y desde ecosistemas conceptuales y prácticos acogidos por la nueva política, no dependen ya de la escleroris de esos discursos, presos, en buena medida debido a su bisoñez, de los sistemas institucionales de gestión democrática basados en la representación delegada. Si esos discursos políticos se hacen inútiles a las necesidades de la gente, la gente los abandonará y se buscará otras marcas para generar dinámicas de crisol. No hay problema. Las personas reales que mayoritariamente se relacionan con las instituciones sanitarias suelen ser feas, gordas, polimedicadas y muchas de ellas no tienen carrera universitaria. Pero no son tontas. Poseen un conocimiento que sólo necesita ahormarse en conceptos para pasar a la acción.
En realidad, ésas son las personas que, ante un sistema sanitario que debate sobre su propia sostenibilidad económica esperando una salvación tipo deus ex machina, tienen la llave de su pervivencia: porque pueden apuntalar su viabilidad institucional y restaurar su credibilidad social. Basta con que las instituciones se atrevan a ceder elementos sustanciales de su poder real y asuman el vértigo de perder el monopolio del control. Por decirlo al modo de la jerga del sector, se trata de atreverse a firmar contratos de riesgo compartido con la ciudadanía sobre materias que de verdad están en el meollo del asunto: la planificación de los recursos, su accesibilidad y su financiación.


 

Fotografía: RIA Novosti archive, image #428452 / Boris Babanov / CC-BY-SA 3.0. “Germany becomes one country”. October 3, 1990 the German Democratic Republic is falling under the FRG’s Constitution. The message on the wall: “Thank you, Gorbi”.