Qué puede hacerse realmente desde la cultura institucional sanitaria para que una persona esté bien, que se sienta bien. La respuesta aprendida de manera general es la mejora en la respuesta asistencial, hostelera, más agilidad en la gestión de los tiempos, etcétera. Sin embargo, a veces se olvida, o se prefiere olvidar, que lo suyo es preguntar a las personas. Con voluntad de escucharlas y de tomarse en serio lo que digan, claro.

Hace poco tuve la oportunidad de escuchar el relato de una joven-adolescente sobre el cambio que supuso para ella, paciente de una cardiopatía congénita, al llegar a la mayoría de edad, decir adiós a los servicios de Pediatría y empezar a ser atendida en el circuito de los adultos en un gran hospital del Sistema Nacional de Salud español. La primera vez que tuvo que ir a las Urgencias generales, no las del Hospital Infantil de (para ella) toda la vida, y pasó unas horas en Observación, echó un vistazo a su alrededor y pensó: “Yo no debería estar aquí”. Un cambio de paisaje y de paisanaje tan radical no se digiere fácilmente. Cambian los espacios. Cambian los tiempos. Cambian los lenguajes (el gestual y el hablado). Cambian los rostros. Cambia, sí, la calidez (y ello conlleva muchas veces un cambio, a peor, en la calidad). Hasta cambian los olores. Sin embargo, la persona, la paciente, su condición clínica, es la misma.

¿Qué puede hacer una organización sanitaria para que la comunidad a la que atiende se sienta mejor? Quizá preguntar a la gente. Si buscan inspiración, ahí van algunas ideas de la Young Foundation.


 

Credit Photo: Posted by Isabel Young